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, XVIII, 31, (2018). ISSN 1695-6214 © Jesús María Garayo Urruela, 2018
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vivificante de la naturaleza maternal” representaba el camino para redimirse de
la servidumbres urbanas y regenerarse de un modelo de vida artificializado y
repleto de tensiones (Giner, 1886).
Los institucionistas no llegaron a realizar un diagnóstico general de la
situación medioambiental, pero intuyeron ya las nefastas consecuencias
derivadas por el crecimiento industrial y urbano, circunscrito por entonces a
determinadas zonas de la geografía penínsular: deforestación, reducción e,
incluso, extinción de especies de flora y fauna, etc. (Martín, 2003). Altamira fue
consciente del deterioro ambiental y paisajístico causado en la destrucción del
bosque por el labrador de la Meseta y se pronunció a favor de invertir la
situación por medio de políticas conservacionistas (Altamira, 1921, p. 221). En
este sentido, se mostró completamente favorable a la política de espacios
protegidos, al representar la declaracion de un lugar un paso obligado para
frenar la pérdida ambiental en sus variantes hidrológicas, geológicas, florísticas
y faunísticas.
Conforme a los planteamientos de Hernández-Pacheco (1933), se
mostró partidario de introducir modificaciones en las líneas de acción
diseñadas por la Ley Parques Nacionales, de 7 de diciembre de 1916, con la
perspectiva puesta en establecer un sistema alternativo, orientado a ampliar el
horizonte proteccionista a otros espacios de pequeña y mediana extensión,
seleccionados conforme a un criterio plural (natural, geográfico y cultural) de
entender el paisaje. En esta línea, abogó por introducir la figura de “Monumento
natural de interés nacional” y extender de este modo la custodia y régimen de
protección ambiental al variado y admirable abanico peninsular de espacios,
que por tamaño y relevancia, difícilmente podrían ser declarados como parques
y sitios nacionales; concretamente, entendió que la figura de protección de
“monumento natural” podría ser de aplicación a espacios como la “Ciudad
encantada” de la serranía de Cuenca, algunos bosques de la región de Olot,
trozos de la costa asturiana o el paisaje manchego con los molinos de viento
como principal emblema.