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, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Lorenzo Silva Ortiz, 2019
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2017; 54-57). Para ellos, hombres y mujeres del siglo XVII, los soldados no
eran más que una suerte de animales salvajes y depredadores a los que se
temía y odiaba a partes iguales. En su inconsciente –moldeado por la propia
experiencia- eran incapaces de ver como sus agresores no eran sino otro tipo
de víctimas de la degradación humana que provocan las guerras.
Esta degradación humana tiene también su reflejo en el conflicto que
se da entre civiles y soldados en torno al deseo de mantener –en el caso de
los civiles- o de adquirir –en el caso de los soldados- toda clase de bienes
materiales. En las ilustraciones número 6 y 7, en la que un amplio grupo de
soldados toman un pueblo y profanan una iglesia, vemos como toda la
imagen destila los efectos de una violencia que no encuentra freno ni ante lo
sagrado a fin de obtener riqueza: un cadáver ocupa el primer plano a la
izquierda, un soldado viola a una mujer en medio de la escena ante la vista
de todos mientras el templo se quema en el fondo (ilustración 6).
A su vez, los bienes robados en el pueblo (ilustraciones 6 y 7) toman
de forma prominentemente el centro de un escenario en el que se ven toda
una serie de cofres, vasos y canastas llenas de objetos que eran anhelados –
junto con un ganado que les permitiría sustento alimenticio por unas jornadas-
como botín de guerra por unos soldados mal pagados cuya comida diaria
dependía en gran medida de la rapiña. Callot utiliza esta imagen para
demostrar el nexo de unión existente entre saqueo y violencia.
La representación de la violencia indiscriminada contra las personas y
sus propiedades atiende a los temores de un período histórico en el que, a la
amenaza constante y real de padecer violencia física, había que sumar el no
menos desdeñable daño psicológico que producían las pérdidas materiales
para una población rural que vivía ya de por si en una situación de