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Año XXI, Número 38, Julio 2021
           Depósito Legal M-34.164-2001

                 ISSN 1695-6214
                                                              Historia Digital colabora con la Fundación ARTHIS



                           En el año 325, con el cristianismo bastante extendido (al menos entre
                    las  altas  esferas  de  poder),  el  mismo  Constantino  convocó  y  presidió  el

                    Concilio de Nicea. En él, se vio la relación entre el Imperio, el Emperador y la

                    Religión Cristiana. Se condenó  la doctrina de Arrio  y el catolicismo de hizo
                    dogmático.  Un  año  antes,  había  reconvertido  la  antigua  capital  del  Imperio

                    Romano Oriental, Bizancio, siendo ahora Constantinopla (la Nueva Roma).


                           Pero  el  hecho  decisivo  fue  la  llamada  Conversión  de  Constantino,
                    ocurrido al final de su vida, se cree que en su lecho de muerte. Sería de esta

                    forma  el  primer  emperador  romano  cristiano  oficial.  La  conversión  está  a
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                    debate, pues mientras unos creen que fue por fe cierta, muchos otros creen
                    que fue más bien una estrategia política.


                           No  obstante,  sus  efectos  fueron  claros.  Desde  entonces,  la  religión

                    cristiana fue ganando el terreno en casi todos los ámbitos del Imperio a las
                    religiones preexistentes. He aquí diversos aspectos donde pueden verse con

                    severidad.


                           El  culto  imperial,  desde  312  hasta  455,  el  cultus  deorum,  lejos  de

                    desaparecer,  tendió  a  convertirse,  sin  perder  su  carácter  primordialmente
                    consuetudinario, en una religión cuyo centro era el culto de los príncipes. A

                    pesar de la progresiva cristianización del Imperio, las leyes se referían a los

                    emperadores  vivos  en  su  condición  de  numina,  en  tanto  que  los  fallecidos
                    recibían el título de diui. En consecuencia, sus disposiciones tenían valor de

                    normas sagradas, y su infracción suponía incurrir en sacrilegio. No obstante,
                    al igual que en otros campos, no hubo una regulación específica ni exhaustiva

                    del  culto  imperial.  Fueron  fundamentalmente  tres  los  aspectos  a  los  que






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                   Eusebio  de  Cesarea,  ver  ROCA  MEILÁ,  Ismael,  Vita  Constantini  de  Eusebio  de  Cesarea,
                     Biblioteca Básica Gredos, Madrid (1994).




                             Historia Digital, XXI, 38, (2021). ISSN 1695-6214 © Jairo Guerrero, 2021                   P á g i n a  | 41
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