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Historia Digital
, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Jaime Resino, 2019
P á g i n a
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pero había entre ellas dos grandes diferencias: la actitud del hombre religioso
y del mago, y la relación de cada una con la legalidad. Ante las fuerzas
sobrenaturales el hombre religioso presenta una actitud humilde, ofrece su
adoración a la divinidad añadiendo "si es según tu voluntad", y no es activo
en cuanto a que no dispone de otro elemento para conseguir sus propósitos
más que la de llamar la atención de la divinidad y esperar su respuesta que
puede ser positiva o negativa. Por el contrario, el mago fuerza los poderes
sobrenaturales para conseguir lo que desea o evitar lo que teme, por encima
de contar o no con la aceptación de los dioses. El poder del mago es una
ciencia, una técnica que sólo él conoce y que es efectiva siempre, sin temor
de culpa o pecado, más allá de la ley moral y convencional, lo que le ponía a
veces del otro lado del Estado, surgiendo inevitables choques.
Esto nos lleva a la otra gran diferencia con la religión; la situación legal
de la magia. La religión, como parte integrante de la estructura del estado,
está asumida perfectamente dentro de la oficialidad. Está protegida por la ley
y en muchas ocasiones la afrenta a la religión se convierte en un delito contra
el estado. La magia, sin embargo, está en una situación más difícil. Se mueve
en límites difusos de legalidad o ilegalidad por las propias características
indefinidas de la magia que, unas veces puede ser beneficiosa y protectora, y
otras dañina y peligrosa. En general la magia no se consideraba una práctica
ilegal si no tenía como fin un objetivo funesto o destructivo para los
particulares o para el conjunto de una sociedad, pero, como se ha dicho
anteriormente, a veces el beneficio de alguien pasaba por el perjuicio de otro.
Se emprendió en varias ocasiones la tarea de distinguir la magia blanca y la
magia negra de la religión oficial por las autoridades en la Ley de las Doce
Tablas, en la de
De Bacchanalibus
o la
Lex Cornelia Veneficiis
, pero siempre
quedó la cuestión sumida en una cierta ambigüedad. Finalmente, lo que