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, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Sergio Fernández, 2019
P á g i n a
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que fue prohibida en plena impresión: en ella fabulaba sobre un encuentro
ficticio entre Malaparte y Mussolini donde el escritor toscano era obligado a
educar a un Camaleón en humanidades:
"Hay entre nosotros muchos animales —no todos políticos—
cuya rareza se debe más al ambiente exquisito y arbitrario de la
Italia del último siglo que a su propia naturaleza. ¿Quién ha visto
nunca una salamandra, un basilisco, un dragón, un camaleón?
Incluso nos habríamos olvidado de cómo son si de vez en cuando un
hombre de bien, especie tan rara como estos animales, no se topara
con alguno y nos lo contara. Son casos maravillosos. Pero esos
casos maravillosos abundan en las crónicas y no sólo en las fábulas"
(Malaparte, 2015a: 23).
Un Camaleón que se convierte en álter ego del propio Mussolini
cuando comienza a ser instruido en política, consiguiendo un éxito arrollador
en el Partido hasta ser nombrado el número dos de la organización,
finalmente desvelando en su discurso en el Parlamento que era en realidad la
propia mente del Duce (Malaparte, 2015a); de aquel a quién Malaparte una
vez siguió pero comenzaba ahora a borrar de su pasado:
"Cuando, en octubre de 1922, entraron en Roma las camisas
negras de Mussolini, yo tenía, por suerte, poco más de veinte años.
La atmósfera suave del octubre romano no me permitía prever todos
los desengaños que habían de seguir a los acontecimientos
revolucionarios de aquellos días, pero la indolencia que me infundía
aquel aire que olía a mosto me impidió bajar a la plaza y unirme a
las turbas de facinerosos furibundos. Las vi pasar por las calles
embanderadas de Roma desde la ventana, donde permanecí todo el
día, lamentando no poder quedarme allí el resto de mi vida. Ni