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Historia Digital
, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Sergio Fernández, 2019
P á g i n a
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había eliminado todo lo revolucionario de la URSS (satirizada en la inclusa
novela
Baile en el Kremlin
), volvió a acercarse de nuevo al Partido
Republicano italiano (con el que se presentó a las elecciones en Florencia). Y
como culmen de lo camaleónico ideológicamente hablando se sintió atraído,
ahora, como muchos otros intelectuales comunistas, por la irrupción de la
inmensa China y de la experiencia maoísta victoriosa en 1949. Así consiguió
viajar al país asiático (gracias al papel clave Maciocchi de “Vie Nuove”, la
revista cultural del PCI) y a Rusia, invitado por la Unión de escritores
soviéticos; en la capital china supuestamente se entrevistara con el mismo
Mao Zedong, consiguiendo la liberación de varios sacerdotes católicos
(Domínguez, 2016: 51-52), siendo publicado de manera póstuma su diario de
viaje (
Io in Russia e in Cina,
1958).
E incluso quiso volver a Dios.
Un
"Narciso inmerso en la tragedia del mundo
" (Serra, 2012) que
volvía a intentar sobrevivir, tras ser final y supuestamente convertido al
catolicismo por obra y gracia del Padre Virginio Rotondi, después de ser
detectada la enfermedad terminal que acabaría con su vida. El milagro se
obraba en el hijo de un estricto luterano, siempre anticlerical, con su gran
obra en el
Index,
y que tras la Guerra había intentado buscar la raíz cristiana
de los dirigentes del comunismo, al más puro estilo de la Democracia
cristiana italiana (Serra, 2012).
En la clínica Sanatrix de Roma, ante la solución divina más popular
ante la terrenal muerte inminente, Malaparte falleció entre líderes comunistas,
senadores democristianos y religiosos jesuitas; eso sí, proclamando antes del
desenlace, buscando de nuevo ser protagonista provocador, que se
recuperaría "
porque Dios no sería tan estúpido como para dejar morir a
Malaparte
" (Martellini, 2015).