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Historia Digital
, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Sergio Fernández, 2019
P á g i n a
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Malaparte construyó un personaje, su personaje, desde la apariencia
de falsedad (cambiando datos de su biografía), la contradicción polemista
(cambiando de bando siempre oportunamente) y continuos poses
vanguardistas durante años de fama y provocación (cambiando de amigos y
enemigos cada vez más conocidos) (Forti, 2016; Serra, 2012; Guerri, 1998).
Un revolucionario toscano que buscó tanto en lado diestro como en el
siniestro, un polémico dramaturgo sin éxito que latinizó su nombre alemán, y
un brutal escritor neorrealista más conocido por el nombre de guerra que
desde 1925 marcó su destino. Eligió la "malaparte" no solo como un juego de
palabras, entre la ironía y la paronomasia, con el apellido del imperial o
Bonaparte, sino ese lado equivocado de la Historia que da la fama y también
la quita, como el símbolo de una nueva persona en un nuevo mundo que
muchos se dedicaron y se dedican a forjar, a sangre y fuego. Para
Chiavarone (2010):
"Malaparte se mueve entre el terror y los "hechos de sangre"
como reportero, desencantado y consciente, perdido en sus
pensamientos que no están en el evento individual, sino una cadena
de consecuencias, su propia razón de existir. Oscilando entre los
sueños y las utopías, esperanzas en vano para reparar lo
irreparable, o para reanudar un viaje interrumpido por un abrupto de
"romper".
Un dandi histriónico que buscaba llamar la atención (para Giuseppe
Pardini), un mujeriego engominado, perfumado y viscoso (recordaba Gianni
Agnelli), un bromista sempiterno con el drama humano (según eterno
enemigo Indro Montanelli), un macho narcisista y mitómano (para Maurizio
Serra), el gran adorador del espectáculo de las tendencias de moda (para
Alberto Moravia), un creador único y polemista (defendido por Luigi Martellini)