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, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Ángel Santos, 2019
P á g i n a
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inmediata fue la abdicación del zar Nicolás II y la cesión del poder a un
gobierno provisional.
Tras el fracaso de la revolución iniciada en 1905, que se prolongó
hasta 1907, el movimiento obrero se vio aplastado y las inquietudes de los
campesinos neutralizadas debido a la reforma agraria emprendida por P.A.
Stolypins; pero el malestar social era muy grande y una oleada de huelgas se
produjo antes de la I Guerra Mundial. Sólo esta contienda logró detener este
estallido huelguístico. Mencheviques y bolcheviques eran contrarios a la
guerra, pero estos últimos predicaron cambiar la guerra imperialista por una
guerra civil, idea que fue impuesta por Lenin en Suiza durante el desarrollo de
la contienda.
Inmediatamente de su llegada a Petrogrado el 17 de abril de 1917
Lenin apremió para que continuara la revolución hasta conseguir el
establecimiento de una dictadura del proletariado y los campesinos, debido,
según su criterio, a que la primera fase de la revolución debía saltarse a falta
de una organización del proletariado que daría el poder a la burguesía;
adhiriéndose con este cambio de dirección a los postulados de Trotzki, quien
conocía muy bien la sociedad rusa. Los viejos bolcheviques se opusieron a
estas ideas, pero poco a poco estas fueron ganando adeptos hasta que en el
VI Congreso del Partido, en agosto de 1917, Stalin le apoyó en sus
pretensiones.
La revolución rusa de 1917 fue producto del descontento por los
desastres de la guerra, de las dificultades de aprovisionamiento y de los altos
precios que adquirieron las mercancías y se cimentó en tres soportes: el
ejército, los campesinos y los obreros, que con sus movimientos masivos
(motines, revueltas y alzamientos) destruyeron el viejo orden social y estatal
ruso y lograron poner en su lugar los Consejos de los Soviets, que muy