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Historia Digital
, XIX, 33, (2019). ISSN 1695-6214 © Ángel Santos, 2019
P á g i n a
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A
Rodrigo Díaz de Vivar se le pretendió presentar a la sociedad
de la Edad Media –con el romance tradicional más conocido del juramento
que tomó al rey don Alonso–, como la figura legendaria de un noble
castellano, fiel a su señor natural, representante del orgullo, rectitud y justicia
de las gentes de Castilla; la altivez castellana que no se doblega ni se
considera inferior a otros reinos; la idea de independencia de Castilla frente a
León; la potencialidad de Castilla como reino núcleo y cabeza de la
cristiandad hispana frente a la cultura y religión islámica.
Tras ser desterrado por Alfonso (lógicamente enojado por la
crudeza y dureza del juramento y sobre todo por la arrogancia con que se
manifiesta el Cid ante el monarca, en tiempos en que los súbditos estaban
vinculados a los reyes o señores más poderosos por lazos feudales), se pone
al servicio del rey de la taifa de Zaragoza. Sin embargo, las relaciones entre
ambos personajes debieron ser posteriormente, con altibajos, si no
excelentes, por lo menos amistosas. Que Alfonso depositó su confianza en
Rodrigo lo prueba el que en 1079 le comisionó para que fuese a cobrar las
parias de al-Mutamid de Sevilla. Pero, por diversos motivos (que no
exponemos por no ser este lugar ni momento para tratar y dilucidar por ser
controvertidos), el rey le vuelve a desterrar.
Después de diversas hazañas, descritas en “El Cantar”, de las que
siempre que sale victorioso, dispone un presente para el rey Alfonso.
Asimismo “El Cantar” nos expone cómo la actitud del rey va cambiando a
medida que pasa el tiempo y observa la conducta del Cid, pero todavía nos lo
descubre como indeciso entre perdonar Rodrigo y mantener la autoridad real.
Por fin, Toledo cae en poder de Alfonso VI tras unas cortas
conversaciones para establecer las capitulaciones. La rendición se firmó el 6
de mayo de 1085; sin embargo, no entró en la ciudad hasta diecinueve días